Carlos del Pozo

La vida en una página

Un hombre corriente

Jack

En verdad se llamaba John Uhler Lemmon III y nació en el estado de Massachusetts hace ahora cien años. Su nombre artístico fue Jack Lemmon y tal vez estemos hablando de uno de los actores más prodigiosos que ha dado el cine americano, siempre a caballo entre el drama y la comedia, la risa y las lágrimas. Un actor, en suma, al que costaba encasillarlo en un tipo determinado de papeles y que hoy, en su centenario, debemos recordar.
Comenzó muy joven entregado a papeles secundarios, pero muy pronto, con su cuarta película, Escala en Hawái (1955) logra su primer triunfo, obteniendo el óscar al mejor actor secundario. Se trata de una película ambientada en el Océano Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y la dirigió John Ford. Henry Fonda era el primer actor.
Será sin embargo en los años sesenta y, en buena parte gracias a las comedias, cuando alcanza su esplendor profesional. Con faldas y a lo loco, El apartamento, Irma la Dulce o En bandeja de plata componen su póker de comedias, pero para contradecir a quienes le señalaron como un actor solo dotado para la comedia rueda Días de vino y rosas, un drama en torno al alcoholismo que fue la primera película de Blake Edwards, quien con el tiempo se convertiría en el rey de la comedia con obras como La pantera rosa, El guateque o Víctor o Victoria. De Días de vino y rosas reconoció Lemmon ya en el final de sus días que fue la película más importante en la que había trabajado, quejándose de que buena parte de la crítica siempre lo encuadrara en el género de la comedia ligera.
Obtendría un segundo Óscar por El síndrome de China, un thriller con trasfondo nuclear que reafirmaría su versatilidad, y, además, en esta ocasión la estatuilla lo fue como actor protagonista. También destaca por aquellos años Desaparecido, de Costa-Gavras, la historia de un americano que viaja a Chile durante la dictadura de Pinochet a la búsqueda de su hijo desaparecido y que le valió el gran premio de interpretación de Cannes.
En una constante tensión entre el drama y la comedia se debe destacar de este último género su asociación con otro gran actor, Walter Matthau, con quien rodó hasta once películas y a quien dirigió en su única película al otro lado de la cámara, Kotch. Del dúo destacan Primera plana -sobre el mundo de los rotativos de prensa-, Aquí un amigo o La extraña pareja, ésta última basada en una obra de teatro de Neil Simon y que en España tuvo un gran éxito en la versión protagonizada por Paco Morán y Joan Pera. De igual modo que Matthau, no puede considerarse su biografía cinematográfica sin la dirección de Billy Wilder, para quien Lemmon fue su actor fetiche y con quien rodó algunas de las películas antes citadas.
Pero si algo cabe subrayar de la carrera de Jack Lemmon es que fue, por encima de todo, un hombre corriente. No fue un galán irresistible, tampoco el típico duro de película. Su rostro invadía la cámara desprovisto de belleza, maldad o indiferencia, pero a rebosar de sencillez y autenticidad. No está de más revisar su filmografía porque en ella está un compendio de la historia del cine, con todos sus géneros y matices. Y si me permiten un excurso personal recomendaría una película suya muy poco conocida, Mi padre (1989). En ella interpreta a un anciano padre que se reencuentra con su hijo tras muchos años y, aun reconociendo que en el cine suelo ser de lágrima fácil, con ésta lloré a raudales.