Cine en el barrio

El cine del barrio se llamaba como nuestro barrio, El Pilar, a secas. Estaba en una especie de plazoleta que se conformaba al final de Melchor Fernández Almagro cuando esta calle moría en la avenida de Betanzos, con tres escaleras que descendían hacia una explanada frente a la que se levantaba el cine, cuyo nombre era anunciado desde un segundo piso de la fachada por un lumínico de letra inglesa cuyas bombillas raramente se ponían de acuerdo para funcionar a la vez. Esa fachada, de ladrillo rojo, recordaba más una escuela pública de posguerra que otra cosa, pero hasta en eso los cines de barrio poseían un indudable encanto: ninguno se parecía a otro, todos poseían su estética peculiar, si se quiere decadente en la mayoría de los casos, aunque siempre con el denominador común de lo entrañable, al menos contemplado desde el inevitable transcurso de los años.
Al cine solíamos ir un par de veces por semana. Y es que antes, como si de una liturgia inaplazable se tratara, se iba al cine, y no a ver una película en concreto. Los miércoles por la tarde, que no teníamos clase, acudíamos al Chueca de la Plaza Chamberí, que era un cine de barrio elegante como correspondía a un barrio de alcurnia, céntrico y poblado por clases pudientes. Por eso el Chueca, algunas veces, antes que un cine de barrio, parecía un local de reestreno con programa doble. Sus cómodas butacas, su amplio ambigú de la segunda planta y hasta el carácter ranciamente aristocrático de sus acomodadores le alejaban de la fórmula usual del cine de barrio. Incluso la cercanía de las salas de estreno más importantes de la zona de Fuencarral, como el Palafox o el Luchana, le hacían diferente.
Nuestro cine El Pilar sí que era un cine de barrio auténtico. A él consagrábamos las tardes de los viernes y hasta algún sábado, siempre con mamá -al Chueca, en alguna ocasión, fuimos con la abilla-, y muy frecuentemente en compañía de vecinos de la calle Ponferrada. El recibidor era oscuro y no demasiado grande, y el bar, a mano derecha según se entraba, poseía una breve barra desde la que despachaba refrescos y golosinas una chica regordeta que lucía uniforme y falda de color verde oliva con listas negras en la solapa, el cuello y el perfil de la falda, tal vez para diferenciarse de los acomodadores, que vestían una casaca granate con las letras del nombre del cine cosidas en hilo dorado sobre el corazón y unos pantalones negros con una raya ocre en el perfil de cada pernera. Los acomodadores eran tres, y se dividían el trabajo por zonas. En tanto que los dos más jóvenes frecuentaban los pasillos de la izquierda y la derecha, el más veterano solía campear por la parte central de la sala. Tenía este último una chepa más que considerable, lo que le hacía ganar continuas burlas de la juventud más gamberra, que se solía colocar en las butacas más baratas, las llamadas de club.
Para mí el sueño de aquél cine comenzaba con el principio de cada semana. Pasaba por allí cada día, desviándome algo de la ruta que hacía para ir a comprar el pan. El lunes, el cine permanecía cerrado, aunque se conservaban los carteles y las fotos de la programación de la semana anterior. El martes era el día escogido para colocar los carteles y fotos de las nuevas películas, y ese día, cuando aparecía por la explanada sin saber qué películas vería el viernes siguiente, sentía un especial pálpito que conjugaba ilusión e incertidumbre. Cuando por fin veía esas fotos, y leía el nombre de los actores en los carteles y hasta alguna frase impactante con claras intenciones publicitarias, comenzaba de nuevo un sueño que no se hacía realidad hasta unos días después, al comienzo de la proyección.