Carlos del Pozo

De rosas y catedrales

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Hace un par de meses salió a la venta Las rosas del sur, de Julio Llamazares, segunda parte de ese empeño casi catedralicio de hacer un viaje a través de las catedrales de España que comenzó diez años atrás con Las rosas de piedra. Ésta última abarcaba todas las catedrales de la mitad norte de la península; en la actual entrega, el viajero deambula por las de la mitad más meridional, aparte de las de los dos archipiélagos. Habiendo leído la primera parte con deleite, y teniendo en cuenta que en ella se hallaban seguramente las más importantes catedrales del país -Santiago, León, Burgos, Salamanca o Barcelona-, pensé que esta segunda parte no tendría tanto interés como la primera. Craso error. Creo que he disfrutado tanto o más con ésta, muy especialmente con los recorridos por Extremadura o Castilla-La Mancha y, sobre todo, con los consagrados a las catedrales andaluzas. Creo que al autor le ha ocurrido lo mismo.
Llamazares utiliza la misma técnica que en anteriores libros de viajes como
El río del olvido, Tras-os-Montes o Cuaderno del Duero: un narrador en tercera persona a quien denomina el viajero -el mismo autor- que va escrutando todo lo relacionado con la catedral de turno y que también observa el marco geográfico en el que está enclavada. La técnica, que tiene su origen en los libros de viajes de Cela -con quien Llamazares mantuvo en vida un duelo dialéctico verdaderamente atroz-, se cimenta en un objetivismo costumbrista en el que el narrador/autor apenas se asombra de nada, aunque luego sepa transmitir las sorpresas de lo que ve al lector. Ya en el prólogo de la primera entrega Llamazares manifestaba que no era un experto en arte y que no puede exigírsele una rigurosidad de profesional a la hora de describir los elementos arquitectónicos y artísticos de los templos que menciona. Sin embargo, creo que tras estas setenta y cinco catedrales -se dice pronto-, ha demostrado un elevado conocimiento de toda esa arquitectura interior de las catedrales y, sobre todo, ha sabido explicarla de manera cabal y acertada.
A uno, que tampoco es un perito en cuestiones artísticas y a quien un cuadro, una escultura o una catedral le gustan o no, sin detenerse a escudriñar errores o aciertos de quienes concibieron esas obras, lo que más le interesa del libro es ese enorme cuadro de costumbrismo humano que crece en torno a las catedrales: los vigilantes, los guías, los sacristanes, los obispos y, muy en especial, los mendigos apostados a la entrada del templo, toda una institución. En esa parcela refulge la prosa de Llamazares exhibiendo una capacidad de observación y un sentido del humor afilados, pertinaces y, en algunos casos, tenuemente provocadores. Es quizá lo mejor del libro, que nos enseña que en torno a esos mayestáticos templos, como en otras localizaciones de nuestras vidas, hay gente simpática y antipática, buenas personas y otras que no lo son tanto, y seres que son capaces de conquistar el corazón del viajero junto a otros que le hacen aflorar su lado más enojoso.
Decía Andrés Barba a colación de la primera entrega de estos viajes que
Leer los libros de viajes de Llamazares es la cosa más parecida a hacer un tranquilo viaje con un amigo más bien callado y curioso que produce un extraño efecto imán sobre los parroquianos de las localidades en las que uno se detiene. No hay manera más justa de describir lo que en un lector como yo sugieren libros como éste. Tan solo agradecer al autor su esfuerzo y compromiso, y emplazarle para que no tarde otros diez años en regalarnos un nuevo libro con su viajero como protagonista.