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Despedidas

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En este mundo que nos contempla, con móviles, redes sociales e internet gobernando nuestra cotidianidad, muchas personas están en contacto con sus semejantes de modo continuo. A través de esos medios, me consta que mis hijos se comunican con un buen número de amigos y conocidos a diario, y que en no pocas ocasiones el número de contactos con algunos de esos seres cercanos supera la media docena de ocasiones en un solo día. De ese modo hemos suprimido de nuestras vidas algo tan poético y entrañable como son -o eran- las despedidas.
El otro día contemplé una escena verdaderamente insólita. Estaba uno en el autobús que le devuelve a sus territorios íntimos cada día, esperando a que éste arrancase, y a la puerta del mismo estaban dos jóvenes, chico y chica, comiéndose a besos. Había en esos besos un estigma de urgencia, como si a partir de esos instantes sus labios ya no fuesen capaz de ser sellados. Cuando el conductor les anunció que el autobús iba a arrancar se fundieron en un beso prolongado y ella subió al autobús. En todo momento agitaron sus manos diestras para certificar el adiós, él desde la calle y ella, desde la ventanilla, desde el asiento que acababa de tomar. Lo más curioso sucedió cuando el autobús arrancó. El chico lo fue persiguiendo mientras sacudía su mano sin perder de vista a la chica y corriendo como un poseso. De vez en cuando le lanzaba a la moza besos con la palma de la mano. La chica estaba algo aturdida, ya que todo el autobús contemplaba el suceso con cierta perplejidad. Fue una estampa hermosísima.
Yo no contemplaba una escena así desde aquél último capítulo de
Verano Azul, cuando Pancho sale corriendo tras el coche de la pintora mientras al fondo suena Amor de verano, la canción del Dúo Dinámico. Aquella yo creo que fue la despedida más emblemática de la transición, y uno la conserva en su retina cuarenta años después como si hubiese sucedido hoy: el cielo cárdeno, la playa de Nerja desierta al fondo y el paseo marítimo de esa hermosa villa malagueña anunciando el final de un ciclo. De suceder ahora, Pancho no habría corrido tras el coche de Julia -creo que así se llamaba la pintora-, pues al cabo de unos segundos ya podrían ambos estar hablando por whatsapp. Entonces no hubieran hecho falta despedidas de clase alguna ya que, aun no siendo presencial su contacto, no dejarían de estar juntos.
Antes la gente se despedía cuando unos se iban a la guerra, o a la mili, o a la emigración. De esta última categoría salieron músicas tan bellas como el zortzico o la habanera. Pero ya se sabe que ahora lo que se lleva es el rap. Y nada mejor para ilustrar el delirio en el que sesteamos que la letra de una canción que mi hijo repite continuamente: ¿Te has parado alguna vez a hablar contigo mismo?