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Discursos

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Hace poco leía un curioso libro de una pequeña editorial que recogía una docena de discursos de agradecimiento de otros tantos premios Nobel de literatura. El libro, aunque desigual, no deja de tener su interés. En él conviven discursos muy breves, los más antiguos -Steinbeck o Thomas Mann, por ejemplo- con otros más elaborados. De los primeros me impresionó especialmente el de Albert Camus, por su sinceridad y clarividencia, adelantándose a acontecimientos históricos futuros. Los de Vargas Llosa y García Márquez son notables, sobre todo el primero de ellos, un auténtico ensayo sobre la creación y los meandros de la ficción. Muy pesado el de Saramago, como todos sus libros, y perfectamente olvidable el de una poeta rusa de nombre impronunciable y que ahora soy incapaz de reproducir. El mejor, sin duda, el del turco Orhan Pamuk, titulado La maleta de mi padre, un soberbio ejercicio de autobiografía de muchos quilates literarios.
No siempre los autores galardonados con el Nobel de literatura han podido acudir a Estocolmo a leer su discurso. En muchos casos la mala salud ha tenido la culpa. Algo normal si tenemos en cuenta que la academia sueca, que siempre premia trayectorias ya consolidadas, suele distinguir a octogenarios más cerca de su ocaso vital que de otra cosa. Debe ser triste haber amasado todo un corpus de creación y verse recompensado con el máximo galardón en los estertores de la vida, cuando el autor difícilmente podrá disfrutarlo, aunque sí sus herederos. Pero por desgracia la vida es así.
Viene todo esto a cuento del último premio Nobel de literatura concedido. Como se sabe, tal gracia ha correspondido al cantante Bob Dylan, un premio que no voy a discutir si fue o no justo. El jurado esgrimió como razón principal de su veredicto la calidad de las letras de las canciones del cantautor. Dirimir si esas letras son o no literatura no me corresponde, aunque ya estábamos avisados: para sorpresa de muchos, las quinielas de los últimos años cuando llegaba octubre y faltaban pocos días para hacerse público el nombre del vencedor, incluían de modo reiterado el nombre de Dylan. Me pregunto yo qué habrán pensado del asunto Philip Roth y el japonés ese, entre otros, ellos que llevan varios años también formando parte de esas quinielas.
El caso es que en un principio se dijo que el señor Dylan no aceptaría el premio. Ni siquiera en su página web -un poco el ADN de todo artista- reconocía haber sido premiado. A los pocos días se dijo que no, que el premio lo aceptaría -esto es, la pasta que comportaba-, pero que no acudiría a recogerlo junto a los galardonados en otras disciplinas porque ese día tenía compromisos previamente adquiridos. Yo creo que está justificado no acudir a recoger un Oscar, como hizo en su día Woody Allen porque tenía que tocar el clarinete en un club de Manhattan de jazz, pero el Nobel… Seguramente Dylan desconocía el significado de ese premio, como también que es la máxima aspiración de todo escritor que se precie. Claro que resulta complicado catalogar a Dylan como escritor.
En las últimas semanas los acontecimientos han dado un giro fabuloso. La academia sueca anunció que si antes de junio el galardonando no aceptaba el premio, el dinero iría a las arcas de la Fundación Alfred Nobel. Estamos hablando de ocho millones de coronas suecas, nada menos que ochocientos setenta mil euros. El cantautor ha reaccionado y ha dicho que acudirá a Estocolmo a recoger el premio. Eso sí, ha manifestado que quiere que la entrega se haga en una ceremonia privada, como esas bodas secretas de la gente del cine, y en coincidencia con un par de actuaciones que ahora, de repente, le han salido en Estocolmo. Todo ello coincide, también y casualmente, con la salida al mercado de su último disco.
Yo no sé si a mis nietos les gustará la literatura. Si así fuese, dentro de cincuenta años no entenderán por qué se concedió este año el Nobel del gremio a Bob Dylan, como yo sigo sin entender por qué no se lo dieron en su día a Kafka, a Delibes o a Proust y sí a don José de Echegaray, de quien es imposible hoy encontrar algún libro en una librería de bien. Lo único que deseo es que el año que viene, los suecos se lo concedan a un escritor.