Carlos del Pozo

Nonagenarios

envejeciendo

Yo no sé si uno llegará a cumplir noventa años. Más bien sospecho que no. Antes que nada me da cierta pereza esa edad, ahora que estoy a treinta y cinco años de distancia de la misma. Creo que uno ya ha vivido lo suficiente como para no repetir existiendo bastante más de la mitad de los años que le contemplan. En todo caso no está en mi mano saber si llegaré o no a esa cifra, pues hay tantas vicisitudes que cercenan las existencias de los humanos que nada ni nadie pueden hacer gran cosa por evitar la despedida cuando ésta nos alcanza.
Viene todo esto a colación de unas semanas, las últimas, en que los nonagenarios han sido protagonistas de la actualidad. No es muy normal que alguien que atesore tan avanzada edad salga en los papeles -como decía mi abuela-, aunque en realidad hay un indudable mérito en llegar a esa edad. Mucho más lo es, tanto para lo bueno como para lo malo, arribar a esa cima conquistando titulares de prensa y reportajes de la televisión.
El primero de quien se hicieron eco esos medios fue Ennio Morricone, el magnífico músico y compositor italiano, que acababa de cumplir noventa años. Morricone es el autor de las bandas sonoras de quinientas películas. A él se deben obras maestras como
La muerte tenía un precio -y el resto de spaguetti-westerns de Sergio Leone-, La misión, Cinema Paradiso o Los intocables de Elliot Ness, pero sobre todo es poseedor de algo que debe enorgullecer a cualquier músico: que una película, cualquiera, dirigida por un buen realizador, sea identificada por el espectador gracias a su banda sonora. Salud.
También estos últimos días nos trajeron la muerte del gran Lucho Gatica a la edad de noventa años. El cantante chileno, llamado en realidad Luis Enrique Gatica Silva, es el inolvidable intérprete de boleros como
Bésame mucho, Sabor a mí, La barca o Historia de un amor. Pero también es el culpable que que muchas parejas se enamoraran bailando sus canciones, que los afectos se inocularan en sus cuerpos con su voz de fondo para ya solo regresar recordando, tal vez, los mejores días de esas buenas gentes. Descanse en paz.
En recientes fechas, asimismo, hemos descubierto a una poeta uruguaya llamada Ida Vitale, que una semana después de cumplir noventa y cinco años ha sido galardonada con el Premio Cervantes, el más importante de la lengua castellana. Yo reconozco que no había oído hablar de esta escritora ni leído nada de ella, aunque al parecer forma parte de la Generación del 45 junto a otros escritores uruguayos como Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti o Idea Vilariño. También he de reconocer que no sabía que hubiera una Generación del 45. Lo que sí tengo claro es que el hecho de que reconozcan toda una trayectoria literaria los noventa y cinco años no deja de ser una broma pesada; a esa edad no puede ya disfrutarse de ningún éxito, tan solo pasar a una posteridad que se cobrará ese triunfo cuando la escritora ya no esté en este mundo.
Finalmente hemos sabido en estas últimas fechas que un Tribunal Internacional auspiciado por Naciones Unidas ha condenado a cadena perpetua a Nuon Chea, de 92 años, el llamado Hermano número 2 de los Jemeres Rojos de Camboya, cuyos principales responsables fueron ya condenados como culpables de genocidio contra vietnamitas y la comunidad musulmana cham, además de otros crímenes, incluidos el asesinato, la exterminación, la esclavitud y la tortura. El Hermano número 1, recordemos, fue Pol Pot, el líder del movimiento. También condenar a alguien a cadena perpetua a esa edad resulta algo ridículo, sobre todo cuando los crímenes se cometieron hace cuarenta años y durante este tiempo ese asesino ha podido disfrutar de una vida tranquila.
Todo lo bueno y lo malo que viene a partir de los noventa años creo que resulta algo extemporáneo. Son muchos años esos, y no creo que nadie los viva, en el gozo o en la desgracia, con la suficiente intensidad que toda existencia requiere.