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Memoria selectiva

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He leído con interés Primera página, el libro de memorias de Juan Luis Cebrián publicado por Debate. Subtitulado Vida de un periodista, 1944-1988, abarca el período comprendido entre el nacimiento del autor y su salida de la dirección del diario El País tras doce años al frente del mismo. Son unas memorias puramente profesionales en las que hay escasas alusiones al colegio donde estudió -el mítico El Pilar, cuna de futuros ministros, escritores y artistas que gobernarían la vida política y social española las décadas siguientes- y a las dos mujeres con las que se casó y tuvo un total de seis hijos, a quienes cita, creo que calculadamente, con su nombre y su primer apellido en una sola ocasión pese a que seguramente mucho tuvieron que ver en su periplo profesional. En cambio se nombra en multitud de ocasiones a una abogada conocida entre los servicios de inteligencia como La Rusa con quien al parecer convivió algún tiempo entre sus dos experiencias matrimoniales. El apodo dio título a una de sus escasas incursiones en el mundo de la ficción.
El libro se lee como un relato de género, y ahí tal vez radique uno de sus mayores virtudes. Si alguien vio la entrevista que le hizo a Cebrián hace unas semanas Jordi Évole en
Salvados fácilmente podría predecir que aquél no iba a contarlo todo. En el prefacio del libro, su autor asegura que todos los hechos relatados en él son verdad, aunque reconoce que su versión no es la única posible. Lo que es indudable es que nuestro hombre vivió uno de los momentos más excitantes de la más reciente historia de España, con el derrumbamiento del franquismo, la dificultosa transición y la llegada de los socialistas al poder como sus tres ejes principales.
Lo mejor del libro es la descripción de las redacciones por las que pasó su protagonista -
Informaciones, Pueblo, El País-, con el esbozo de un mundo de máquinas de escribir, madrugadas de alcohol y tabaco que ya no volverá, y el divertido retrato de algunos de los subordinados que tuvo a su cargo como Yale, José María García o Tico Medina. También el relato a modo de thriller de su intervención en algunos de los secuestros más publicitados de aquellos años, como los de Oriol y Villaescusa o el político Javier Rupérez, de quien fue compañero de colegio. Lo peor, sin duda, el capítulo consagrado a los escritores, pues salvo el apartado dedicado a García Márquez, al resto parece que los evoque con la única intención de recordar lo bien que hablaron en cierto momento de alguna de sus obras. Hay algún que otro olvido inexplicable, como la ausencia total de referencias al dibujante Peridis, figura fundamental del periódico hasta hoy y al que no costaba nada citar, y episodios como la salida de Umbral o de Cela del periódico explicados muy sucintamente, que confieren en cierto modo al libro un apreciable estigma de superficialidad.
Seguramente esta biografía hubiese necesitado algunas páginas más de las trescientos ochenta escasas de que consta. Tal vez su autor, como buen periodista que fue y sigue siendo, debió pensar en ese poder de la capacidad de síntesis que le enseñaron en la Escuela de Periodismo, y por eso dejó por el camino algunos parajes e historias que hubieran sido de gran utilidad para el lector. Es lo mismo que les pasa a muchos acusados durante el juicio oral: olvidan algunos hechos que reconocieron durante el período de instrucción y recuerdan otros no declarados entonces. Los jueces le llaman a eso memoria selectiva.