Carlos del Pozo

Cuarenta años no es nada

Puturru
Al principio todo el mundo les comparó con La Trinca y la Orquesta Mondragón. Como dicen en Extremadura, algo de eso había. Combinaban la música con una performance teatral a caballo entre lo surrealista y lo cómico -dos cosas que en ocasiones son una-, desplegando unas canciones de tono satírico que se nutrían de géneros tan diversos como la balada, la canción del verano, el rock y el pop. Se llamaban Puturrú de fuá, y con su primer larga duración conocido aclararon que el nombre que les distinguía del resto no era una marca de fuagrás. Se siguen llamando Puturrú de fuá y este año cumplen cuatro décadas de música y diversión.
La música de esta insólita formación no puede entenderse sin su puesta en escena, por eso sus discos están bien producidos y suenan correctamente, pero donde muestran su mayor potencialidad es en los directos, con sketchs, chascarrillos y una estética imprevisible de entre la que sobresalen las estrambóticas transformaciones de Curro Fatás, el líder de la banda, un tipo que venía del mundo del teatro y que tan pronto se disfrazaba de marinerito como aparecía ataviado con ropajes de mujer, peinado y maquillado para la ocasión. Pese a las comparaciones,Puturrú de fuá es un grupo genuinamente original, de los que nadan a contracorriente; no en vano cabe recordar que nacen cuando en las listas de éxitos son encumbradas formaciones del agro-pop, de esas que ridiculizaban al paleto y al campesino, como La Charanga del tío Honorio, o éxitos como la Ramona pechugona de su paisano Fernando Esteso. En sus letras y en sus propuestas, en cambio, late un humor de considerable calado intelectual, provocador y directo, al tiempo que profundo. En Menage a truá, por ejemplo, desmontan las insufribles canciones de Pimpinela y proponen alternativas amorosas a tanto reproche lacrimal. En Los chicos de Plan homenajean a aquellos solteros del pueblo oscense que al ver Caravana de mujeres en televisión decidieron abdicar de su celibato. Aunque si a mí me dan a elegir yo me quedo con aquella pieza de orquesta estival a ritmo de jotica llamada Qué bonitas son las fiestas de mi pueblo (vente pacá morena, que te llevo al huerto, decía la letra).
El pasado agosto, de vuelta de nuestro veraneo en el País Vasco, pernoctamos en Añón del Moncayo, un pueblecito de Zaragoza de cincuenta habitantes. Y lo hicimos en un viejo castillo. Para nuestra sorpresa, el guardián del castillo era Curro Fatás, el líder y alma máter de los Puturrú de fuá. Junto a él recordé su primera actuación en Madrid, allá por 1985, cuando uno era joven e indocumentado y toda la incertidumbre teñía el futuro. Fue en el Pabellón de Deportes del Real Madrid, durante una llamada fiesta del estudiante y la radio organizada por Radio Nacional de España y en la que el Alcalde Tierno invitó al personal a colocarse caso de que ya no estuviese colocado. Curro se sorprendía gratamente ante el hecho de que mi hermano Javier y yo fuéramos de los pocos de entre la no más de una treintena corta de espectadores que vieron su actuación. Tocaron a las tres de la tarde, y a esas horas todo el mundo se había ido a comer. Sin embargo, cuando interpretaban una de sus canciones, el Telediario del mediodía conectó en directo con el Pabellón, y de ese modo veinte millones de espectadores de la televisión única pudieron descubrir al desconocido grupo. 
Cuando cumplieron veinte años de profesión lo celebraron con un disco llamado Veinte años tiene mi humor. A los treinta dieron un multitudinario concierto en la Muestra de Zaragoza. Ahora que devienen cuarentones amenazan con nuevas actuaciones. Está claro: el buenfuá nunca muere.