Carlos del Pozo

Elogio del tomate

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El año pasado, en un viaje familiar a la India, cuando los lugareños nos preguntaban por nuestro país de origen y les contestábamos que éramos españoles, todos unánimemente reconocían conocer dos cosas de nuestro país: los toros y la tomatina. Si hubieran nombrado a Julio Iglesias o al Real Madrid me habría parecido más normal, porque lo que tampoco se le exige a todo el mundo es que conozca a Picasso, la Sagrada Familia o el Guggenheim de Bilbao, pero poner como genuino ejemplo de lo español a esa celebración consistente en freír a tomatazos al prójimo es buena prueba de lo bien que lo ha hecho cierto marketing en los últimos años.
La Wikipedia define la tomatina como un evento que
se celebra siempre el último miércoles del mes de agosto, dentro de la semana de fiestas de Buñol y consiste en que los participantes se arrojan tomates los unos a los otros. No están muy claros los orígenes de esta ocurrencia, pero muchos sostienen que la inventó un individuo de Tarazona, noble villa zaragozana, que pasó un verano en Buñol y trasladó allí una fiesta de su pueblo llamada Cipotegato o Tomatada consistente en una batalla campal entre los vecinos lanzándose tomates entre sí. La gente de Buñol, lógicamente, niega esa versión y sostiene un origen propio sin influencias foráneas.
Sea cual sea la génesis del evento, lo que en verdad importa es que cada año se utiliza para el empeño tonelada y media de tomates que no proceden de desechos ni son incomestibles, que son cultivados y recogidos para la ocasión, y consumidos íntegramente durante la hora que dura el espectáculo. Se dice que tales tomates no son demasiado gustosos, esto es, que parece que se cosechen para que no tengan una buena salida comercial y puedan servir de proyectiles, pero uno no sabe muy bien si no serían capaces de alimentar muchos pueblos africanos abatidos por la hambruna. Sé que se me acusará de demagogo por esto último, pero desconozco si toda esta gran
performance mediática justifica que en una hora se desperdicie algo que tanto ha costado sembrar, cultivar y recoger, y que en principio debiera estar destinado al consumo humano.
Creo sin embargo que la tomatina ésta es metáfora de algo que los entusiastas del tomate sufrimos desde hace décadas: apenas se cultiva buen tomate en nuestros días y es casi imposible, salvo honrosas excepciones, hacerse con un tomate como los de antaño. Es muy difícil volver a degustar los tomates de nuestra infancia, los de hace cuarenta o cincuenta años, simplemente porque hoy el tomate está en mercados y grandes superficies durante todo el año y no como siempre comparecieron, en temporada estival. Que se gaste tonelada y media en una fiesta absurda -que genera pingües beneficios a la localidad que la promueve- es la prueba más fehaciente de que hoy el tomate interesa poco y a las nuevas generaciones les importa un bledo que tenga o no sabor, porque lo que quieren es poder comprarlo en cualquier época del año. Nos quedan islotes de excepción, como el feo de Tudela, el rosa de Barbastro y Fraga, o algunos raffs de Mazarrón y la huerta murciana. Pero mientras todos los tomates tengan el mismo sabor que las infames lechugas iceberg, lo mejor será que nos los lancemos los unos contra los otros, mientras la estupidez es fotografiada y filmada por las hordas japonesas, y nos olvidemos para siempre de esa bendición de nuestra herencia gastronómica llamada ensalada.