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Ilustres muertos

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La pasada semana murieron personajes de tan diverso calado, origen y trascendencia como Margaret Thatcher, Sara Montiel y José Luis Sampedro. El relieve que en los medios de comunicación tuvieron esos óbitos fue también muy diferente, pues mientras a las dos primeras se les dispensaron grandes reportajes y extensas reseñas en programas de radio, televisión y en la prensa digital y convencional, al último de la terna se le despachó, salvo excepciones, con unas pocas líneas. Al fin y al cabo el hombre contaba con noventa y seis años y la mayoría debió pensar que lo normal es que se hubiera muerto antes.
Informe semanal fue uno de los programas que marcaron el decurso de las gentes de mi generación. Hace poco cumplió cuarenta años. Durante ese tiempo ha sido cantera de los mejores reporteros de la televisión y la prensa en general, y parecía que una noticia no lo era del todo hasta que cada sábado pasaba por el tamiz de ese espacio de recuento semanal. En la actual etapa los prebostes de la televisión parecen dispuestos a cargárselo, pues a una clara orientación política de sus temas se añade una clara merma de la calidad de los reportajes y hasta del tiempo del programa, que como la sanidad o la educación, ha sufrido un severo recorte de minutos.
En el Informe semanal de la pasada semana, el primero de los reportajes estaba dedicado a la llamada Dama de hierro y el último a la que denominaron última diva del cine español. Antes de comenzar el reportaje de Saritísima, hubo un recuerdo de veintinueve segundos para Sampedro, de quien se dijo que intentó toda su vida ser coherente con sus ideales -lo mismo que se podía haber dicho de Hitler, Stalin, Pinochet o Franco-, que había luchado en los dos bandos durante la guerra civil y que había prestado su aliento a los movimientos de indignados.
Resulta curioso que se recuerde con cierto ahínco a una señora que arrasó su país y de paso Europa con recetas ultraliberales y creó una tasa que cobraba cinco veces más a una humilde familia numerosa que a un soltero millonario por el hecho de poseer una casa. También que se haga lo propio con otra a quien se llamaba artista y que no sabía ni cantar ni interpretar ni bailar, que hizo muchas películas aunque ninguna en absoluto digna de recordar y cuya más destacada virtud, a lo que parece, consistía en llevarse al huerto a lo más granado de la sociedad española, científicos, escritores, artistas o empresarios. Pero lo más curioso es que se despache con un apunte generalista y vulgar a quien ha sido durante muchos años una clara referencia de compromiso intelectual, un tipo íntegro y generoso que nos hizo disfrutar con sus libros y que constituía un verdadero placer simplemente escuchar sus palabras, llenas de sensatez, clarividencia y humildad. Con Sampedro no sólo mueren él y su obra, sino también el último gran intelectual de la transición española, un tipo que escribió una novela, La sonrisa etrusca, que por fuerza deberían leer todos nuestros adolescentes que se asoman a la vida y a las incertidumbres de este mundo convulso que nos contempla. Una obra, en suma, que nos reconcilia con lo mejor del ser humano y que debemos a la pluma de un individuo que pese a ser catedrático de Economía nada supo jamás de balances bancarios y no le interesó nunca el dinero.