Carlos del Pozo

La vida en una página

Amigos para casi siempre

multimedia.normal.afbf22589018360e.bm9ybWFsLndlYnA=

Acabo de leer La amiga que me dejó, el último libro de Nuria Labari. Pese a que al libro le sobran ciertas disquisiciones, plantea una interesante cuestión: la de las rupturas de amistades a las que todos nos hemos visto abocados más de una vez a lo largo de nuestras vidas. En el libro de Labari se trata de una mujer bastantes años mayor que ella que un buen día -no se especifica razón o razones- decidió unilateralmente disolver la amistad de ambas.
Javier Marías hablaba de las amistades enfriadas para distinguir los amigos de verdad y aquellos que han dejado de serlo perdiendo gas con el transcurso del tiempo, esos con los que te encuentras por la calle y dices: a ver si quedamos, a ver si nos vemos -reiteración grosera-, tenemos que vernos, o tenemos que tomar un café.
El sabio Josep Pla distinguía claramente tres grupos: amigos, conocidos y saludados. Creo que no se puede ser más explícito. La del amigo es una categoría superior que no tiene nada que ver con personas a las que tratamos con una cierta frecuencia pero que no forman parte de nuestras vidas porque poco o nada saben de ellas. En esto los ingleses son muy sabios -y en otras cosas también- y tienen una frase muy gráfica: A true friend, a great treasure, un amigo verdadero, un gran tesoro.
Conocidos y saludados ha tenido uno a lo largo de su vida por docenas. Amigos no tantos; creo que en mi caso se cuentan con los dedos de la mano y hasta sobra algún dedo. Un conocido mío -que se considera mi amigo- presume de tener miles de amigos, algo profundamente contradictorio con lo que significa la amistad -exclusividad, intimidad, compañía-, y es que una cosa es la canción aquella de Roberto Carlos -Yo quiero tener un millón de amigos- y otra bien diferente la realidad.
Creo que a lo largo de mi vida he perdido tres amigos, uno en Madrid y dos en Mataró. Creo también que ninguno me dejó y que yo tampoco dejé a ninguno de ellos tres. Fue un acuerdo tácito, sin broncas ni malos modos, al que llegamos cuando entendimos que la sólida relación que un día disfrutamos ya no tenía sentido que continuara. Al de Madrid no volví a verle desde que me casé, y de los dos de Mataró puedo decir -también nuestra amistad quebró al casarme- que a uno lo he visto un par de veces, aunque hace bastante de eso, y al otro lo veo de vez en cuando porque vive cerca de donde actualmente vivo. Siempre esos encuentros han sido cordiales, alegrándonos los dos, pero nada más. No tengo el teléfono de ninguno de ellos.

Siempre he pensado que esas rupturas han sido justificadas y que no valía la pena reprocharles nada a ellos y tampoco a mí mismo. Y que el verdadero valor de la amistad reside en los amigos que he conservado, alguno de los cuales se acerca al medio siglo de relación: amistades compactas y, sobre todo, escasas, porque lo peor que le puede pasar a la amistad es que se cuente por docenas. El cariño y el amor por las personas solo puede reservarse a unas pocas, las privilegiadas, que a su vez le hacen a uno un auténtico privilegiado.