Asignatura pendiente

En el tercer curso de la carrera de Derecho había una asignatura llamada Derecho Internacional Público. La asignatura me interesó rápidamente gracias al Catedrático que me tocó en suerte, Antonio Remiro Brotóns, uno de los personajes más lúcidos e inteligentes con los que he tropezado en mi vida. Sus clases, atravesadas por la ironía, la perspicacia y el sentido del humor, están entre los mejores recuerdos de una carrera en la que disfruté con otros estupendos profesores y me aburrí soberanamente con muchos cuyas clases eran tan funestas como la visita al dentista.
El Derecho Internacional Público abordaba las relaciones internacionales de los diferentes estados, la resolución de las controversias entre los mismos y la preservación de la paz en el concierto mundial. En su seno se analizaban las acciones de los servicios exteriores de cada país, los órganos supranacionales como la ONU, el Consejo de Europa, la Organización de Estados Americanos o la Unión Europea, que, por cierto, cuando yo estudié esa asignatura aún se llamaba Comunidad Económica Europea y a la cual España -aunque por poco tiempo, por fortuna- aún no pertenecía. También se estudiaban las guerras y conflictos sucedidos desde el final de la II Guerra Mundial, las tensiones entre los dos bloques representados por la OTAN y el Pacto de Varsovia, y el protagonismo de diferentes países como China, India, los países sudamericanos o Canadá en el tablero internacional. Y la importancia del Consejo de Seguridad de la ONU, con sus cinco miembros permanentes y el poder de veto de cada uno de ellos frente a resoluciones que les resultaran perjudiciales.
En ese curso estudiamos que la legalidad internacional era algo sagrado e inviolable. El Derecho ayudaba a resolver las polémicas y litigios de los países a través de la diplomacia y la negociación, enarbolando la bandera del diálogo y el respeto a los otros. Y supimos que, sobre todo, ayudaba a alcanzar acuerdos y a evitar conflictos y guerras.
Hace tiempo que esa legalidad internacional ha saltado por los aires. Las guerras de Ucrania y Gaza, y más recientemente la de Irán, dejan en papel mojado esa hermosa asignatura. Las armas han vencido a la razón y al arreglo de las diferencias llevándose por delante vidas humanas y obligando a miles de personas a tener que abandonar sus tierras a la búsqueda de un destino incierto. Seguramente pronto todos los profesores y catedráticos de la disciplina engrosarán las listas del paro, obligados a explicar una asignatura absurda que nada significa en este delirante mundo que nos contempla.
Por cierto, Derecho Internacional Público fue la primera asignatura de la carrera que suspendí. Los exámenes eran tipo test y a mí aquella modalidad no me gustaba nada. Pero entonces era una asignatura que servía para algo, y a mí, pese al suspenso, me formó cabalmente.