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Hacia un nuevo concepto de las tapas

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Es indudable el auge que ha sufrido durante los últimos años el universo de las tapas -raciones, pinchos, bocados, como se les quiera llamar- en nuestro país. Los chefs más afamados de la nueva cocina española se han fijado en esos pequeños guisos en miniatura y su relevancia ha sido reconocida por los turistas extranjeros que nos visitan, que cada vez demandan más este tipo de acompañamiento a la bebida. Sin embargo, el indudable apogeo creo que empieza a tener efectos perversos.
Se acaba de celebrar en Valladolid la duodécima edición del Concurso Nacional de Tapas y Pinchos. El primer premio se lo ha llevado una tapa cocinada por el chef de un restaurante extremeño con dos estrellas Michelin. La perla ha sido bautizada como
Placer otoñal y, sinceramente, viendo la fotografía que la ha inmortalizado a mí me parece cualquier cosa menos una tapa. Puede pasar como centro de mesa de una cena de Nochebuena, como adorno para esos portales de gente de alcurnia, y hasta como un ramo de flores, eso sí, algo sofisticado. Incluso si reparamos bien en esa imagen nos asalta la duda de cómo demonios se debe comer eso. Los miembros del jurado que han tenido a bien premiarla explican, sin embargo que este bocado galardonado ha conquistado su paladar “por alcanzar un elevado equilibrio entre estética, técnica, temporalidad y costo”. Cáspita.
Pero aquí no queda la cosa porque
Placer otoñal ha vencido en un concurso con trescientos participantes, y el segundo y el tercer premio del certamen tampoco tienen desperdicio. El segundo premio ha correspondido a unos llamados Gallos a la madrileña que pretenden un juego de palabras cambiando callo por gallo, y eso a mí me suena a dar gato por liebre, máxime cuando en Madrid no hay mar y las recetas de pescado suelen corresponder a territorios que lo poseen. Por otro lado uno ve la foto ilustrativa y diría que está ante un rollito de primavera de los que venden en el Lidl, eso sí, un poco coloreado. Nada fuera de lo normal al lado del tercer premio, debido a un chef de Huesca, que ha bautizado su tapa como Las magras con tomate rosa me vuelven loco, claro homenaje a toda la obra de Jardiel Poncela, aunque puestos al tema yo la habría llamado Cuatro corazones con freno y marcha atrás. En la foto uno cree ver un petirrojo aplastado y al que parece han estirado la cola como si de una operación de alargamiento de pene se tratara.
Creo que últimamente nos estamos volviendo un poco locos en todo, y particularmente en el tema de la gastronomía. La tapa, cuyo origen etimológico no está claro, nació para acompañar las bebidas en tabernas y posadas. Unos sostienen que servía para
tapar el vaso de vino en cuestión y que no se alojaran en el mismo insectos o polvo. Otros aseguran que su función era la de atemperar las cuantiosas ingestas de alcohol en solitario. Aceptemos una u otra versión y reconociendo que la tapa es algo que acompaña una consumición de vino o cerveza, las pretendidas tapas de este concurso de Valladolid poco tienen que ver con la intención original: una cortesía de bares y tabernas hacia el cliente, cortesía que salvo en determinadas ciudades de España -Almería, Jaén, Segovia, Ávila o León-, ha de pagarse aparte de la bebida.
Lo que es una pena es que no se haya publicado el listado completo de todas las tapas que participaron en ese concurso. Hubiéramos disfrutado de lo lindo con sus denominaciones.