Carlos del Pozo

A contracorriente

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Hace poco supimos que el Papa Francisco no ve la televisión desde hace treinta años. Todo ello se debe, al parecer, a una promesa que le hizo a la Virgen del Carmen. Pese a su gran afición al fútbol, el santo padre recibe puntual noticia de los resultados de los partidos y el estado de las clasificaciones -en especial de su querido y estimado San Lorenzo de Almagro, del cual es un ferviente seguidor- gracias a las confidencias de un miembro de su guardia suiza, que le pone al corriente de todo lo relacionado con su equipo. Confiesa también no haber visto nunca jugar a Messi, pese a que es argentino y a que todos coinciden en señalarlo como el mejor jugador del mundo y puede que de la historia. Pero ya se sabe que las promesas son las promesas.
Hace también treinta años, al tiempo de la promesa del sumo pontífice, trabajé codo con codo con una persona que reconocía con cierto orgullo no tener televisión en su casa. Esa persona, una mujer, se acababa de casar, y ella y su marido no tenían aún hijos. Sin ser la televisión santo de mi devoción, ya que más allá de los partidos del Real Madrid -yo sí he visto jugar a Messi, para mi desgracia- no la veo casi nunca, pero he de reconocer que una de las primeras cosas que hice cuando me independicé de mis padres y me marché a vivir solo fue comprar una televisión. Por entonces comenzaban a emitir las cadenas privadas y también había una cosa llamada video que te permitía ver películas alquiladas en un comercio llamado videoclub. Uno vivía solo y se ha de decir que la televisión fue en aquellos tiempos un fiel acompañante de la en ocasiones invencible soledad.
Ahora, treinta años después, esa compañera mía que no tenía televisión ostenta un cargo importante en la cúpula judicial y aparece con bastante habitualidad en entrevistas televisivas. Tiene dos hijos de la edad de los míos, instalados en la decadencia de la adolescencia, y siempre me he preguntado si esos hijos han crecido privados de televisión y si eso ha influido en el desarrollo de sus personalidades. También si en su día se les prohibió jugar a los videojuegos en sus distintas manifestaciones como seguramente hacían todos sus compañeros de colegio, y hasta tener un móvil llegado el momento de ello, que cada vez es más temprano. También me pregunto a menudo si lo de no tener televisión en casa fue en el caso de ella producto de una promesa, divina o laica, o simplemente se debía a un deseo de ir a contracorriente de todos y de todo. Y si ahora, treinta años después, ella y su marido siguen sin ver la televisión. Son preguntas, todas ellas, que me hago a menudo, aunque reconozco que no me quitan demasiado el sueño.
Y ahora, cuando viajo en metro, en el tren o en los autobuses, y veo a tanta gente mirando por el móvil toda clase de series televisivas o películas, me pregunto si en verdad no es uno, con su libro viejo de papel en las manos, el que va a contracorriente.